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Opinión

Carta y homenaje a Edgar Gómez (Marcelo Cezán)

Carta y homenaje a Edgar Gómez (Marcelo Cezán)

Querido Edgar, cordial saludo. Te escribo esta carta muy a pesar del declive del género epistolar. Te escribo porque no tenía otro tema en esta tarde gris en la vereda donde vivo. Ya no hay salvación, tengo que llegar al final y el tema me venía rondando la cabeza hacía varios días.

Por Alejo Álvarez – ‘El cachorro’ TW: @Alejoalvarez  INST: @alejoelcachorro

Te cuento que casi a diario tengo que lidiar con dos o tres personas que me dicen: ¿Usted es familiar de Marcelo Cezán?,  ¿usted es hermano de Marcelo Cezan?, ¿usted es Marcelo Cezán? Por lo general son señoras muy queridas, amas de casa con gracia y una que otra un tanto desesperada. También incontables tenderos, varios conductores de bus, el gerente de un banco, una azafata y dos muchachas que me partieron el corazón. En realidad no me molesta, al principio un poquito, pero ya no. Finalmente es lo que dice la gente, no todos pero sí un combo grande.

Vos (como hablamos en el Valle, porque para acabar de completar somos de la misma ciudad) sos un bacán y eso todo el mundo lo sabe. Desde tus días de jugador en las divisiones menores del Deportivo Cali ya se decía tal cosa. Después llegó el maravilloso mundo de la televisión y la enorme fama; “Cartas de amor”, la etapa en Venezuela, “Así somos y qué” y el programa donde actualmente cantas. Recuerdo que un amorcito que aún tiene eco en mi corazón se atrevió a salir conmigo sólo porque cuando era una adolescente tenía sueños contigo después de ver “Cartas de Amor”. Lo que ella no esperaba es que los que no la tenemos tan resuelta como vos, tendemos a ganar las peleas por puntos, no por Knock-out. Pero lo importante, nuevamente como en el fútbol que tanto te gusta, lo importante es el resultado. Así que nos hicimos novios un buen rato.

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Dicen que todos tenemos un doble o “doppelgänger” en alguna parte del mundo, a mí me tocó muy cerca y con una no tan amplia brecha generacional. Eso me dijo un amigo que es bailarín. Lo que sí me molesta es que en los pasillos del canal donde trabajamos un día me digás “hijo”, eso si no Edgar. ¡Tampoco pues! Sabemos –o sospechamos- de tu inmortalidad, pero “hijo” tampoco. Máximo “hermano”, porque así la cosa tendría algo de sentido, un poco de sentido en este universo tan caótico. No me molesta del todo la cosa así la gente haga chistes flojos sobre el asunto y pongan en duda la honra de nuestros queridos padres. No me molesta por razones prácticas, por beneficios. Y porque uno se tiene que hacer el pendejo a la mayoría de cosas que le dice la gente. Esa, ambos lo sabemos, es una clave para la felicidad.

Muchos de los invitados del programa de televisión que hago me han preguntado que si somos familiares; yo bromeo con el asunto. Pero nunca una persona como “Rocca”, el que cantaba en “Tres Coronas”. Se había creído tanto el cuento que reímos bastante aquella vez. Qué le vamos a hacer, vos sos muy famoso y yo apenas me dedico a hablar de música, intento escribir y hacer una que otra canción.

Pero volviendo a lo de los beneficios, recuerdo aquella vez que pude pasar una requisa más rápido en el aeropuerto, solo porque creyeron que eras vos. Se desilusionó bastante la muchacha cuando no le pude adelantar un capítulo de la novela.  Edgar, como dice Soda Estéreo “somos cómplices los dos”. ¿Porque si a vos te preguntan de rock? ¿Qué harías? De salsa sí, porque para qué, de esa hemos hablado y todo. Como la vez que a un creativo del canal donde trabajamos una vez, se le ocurrió hacer un programa donde presentáramos los dos y habláramos de música. A veces me pregunto qué habría pasado si ese programa hubiera salido, seguro que habría pegado.

En fin, no hay rollo, sé que tendré que seguir cargando con el asunto. Qué le vamos a hacer. Como ya dije arriba, una de las claves de la felicidad –dicen- es hacerse el pendejo. Y reírse, reírse mucho de todos los asuntos. Como la vez que me subí a un Transmilenio y había una muchacha muy bonita. Me sonrió, le sonreí. Después de eso ella tuvo en cuenta su error en una ciudad como la nuestra. Se puso seria. La tipica estrategia de la indiferencia. El bus avanzaba y se precipitaba a su llegada. Ella desapareció por la puerta roja hacia la nada. Daría una última mirada, antes de verla perderse entre la multitud. Y ahí fue cuando recapacité y pensé; le hubiera dicho “mucho gusto, Marcelo Cezán”. La gloria sea para los valientes.

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