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Gualajo, eterno griot del folklore Afropacífico

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Gualajo,  eterno griot del folklore Afropacífico

La música es como usted hacer una casa, primero la hace en obra negra y después le pone el color que usted quiera. Hay músicas que no tienen los ritmos que se necesitan para tocarles el alma y el corazón a las personas, en la selva los animales y las plantas tienen y hacen su propia música. La marimba, es como el alma mía,  y tiene la capacidad de convocar fuerzas sobrenaturales. Es un tesoro, por medio del sonido de la marimba pentatónica estoy acompañado todo el tiempo de los espíritus de la selva y el mar. Tú estás hablando con un duende, ya la cogió. El piano tiene armonía, pero no tiene el oleaje de la Marimba“ – Gualajo.

Por Maelkum Marley / Tripulante del remolque garvey – @HaroldPardey

Foto por Luis Carlos Osorio Páez – Fundación cultural Gualajo

Hoy más que nunca, con la sabiduría que otorgan 76 almanaques en su piel ancestral y miles de noches sin cronómetro, José Antonio Torres Solís sigue oteando el horizonte  con sus ojos azules como un pez marimbero del Pacífico Sur, que exhibe con  profundo orgullo por su  relación idílica con  las músicas entrañables de las madres del agua en la tierra: Oshún y Yemayá, cuando al repicar su marimba de chonta  se trenzan silencios selváticos,  con los espíritus de la noche y la selva, en su natal Guapi, reivindicando el malungaje de los pueblos y reinos del Congo, de Angola, de Benín, de Mali, de Ghana entre otros.

Siempre evoco con malegría, los primeros años del siglo XXI en la urbe aletosa y festiva de la Calicalentura, cuando los melómanos corrincheros nunca faltábamos a la cita anual y sagrada del mes de agosto, luego que el ventarrón cromático de tambores y cobres del teatro al aire libre los Cristales nos arrojaba a la calle del pecado, para rematar el Festival Petronio Álvarez. La mítica calle larga de cuatro cuadras, se mestizaba en un aluvión fascinante de fraternidad, erotismo, arrechera, lumpenaje, y diversidad sexual. Allí, en el hall del hotel Los Reyes, pegándole al Viche como cronista vaguemio conocí a Gualajo, y descubrí sus poderes hipnóticos con su inseparable compañera, la marimba de chonta. Puro roots y ashé en el intergaláctico trópico chontaduro.

Mis sentidos crepusculares fueron testigos cómplices del florecimiento de cientos de seres armonizados en la nocturnidad con el lenguaje ancestral de las músicas tradicionales, descubriendo en cada sonido, un secreto cargado de libertad y alegría, porque a sangre, fuego y templanza el pacífico afro sienta su música, una música que nació con la tradición, la percepción del hábitat, el desarraigo y las relaciones sociales. Del barco negrero  bajaron el tambor denso y selvático de la entrañable madre África fundida en la piel, acompasando sus largas y exhaustas jornadas de trabajo con tonadas rituales y melancólicas, para luego liberarse como cimarrones de la esperanza. Con el paso de los años supe que Gualajo es el indestronable rey de la marimba, un músico noble cuyo linaje es patrimonio cultural del litoral pacífico, el generososo maestro de Hugo Candelario y Esteban Copete, el anfitrión de  excelentes músicos africanos de la world music como Farafinba, Mariam y Amadou, un espíritu afropunk que se nutre del  elixir que brota de la sangre de la caña para crear arte.

[Lee también Petronio Álvarez – Festival de música del pacífico]

Gualajo, hijo de José Torres, uno de los marimberos de mayor renombre del Pacífico, quien tuvo un encuentro con el Diablo en su casa de la vereda de Sansón, en Guapi; descubrió su destino cuando a los 15 años salió de su casa, me fui a Santa Bárbara de Iscuandé y de allí hasta Tumaco. Me mantenía viajando Costa arriba hasta Nariño, y costa abajo hasta Buenaventura. Conocí casi todo el Pacífico sur, y me di cuenta de que la cultura es igual en todo ese territorio. Aprendí muchas cosas en esa época: a aserrar con mi máquina, a recantiar, a hacer palillos para escoba, también aprendí a pescar con unos mareños de alta mar que les llamaban los culimochos, pero lo que nunca se me olvidará es la música tradicional que se escucha en esos lugares”.

Todos esos paisajes sonoros de sus “videncias”, se traducen en una selecta memoria musical documentada en los discos: Tributo a nuestros ancestros, Cosechando una semilla, Esto si es verdás, El Pianista de la Selva, Quién será y La Familia Torres  y la Marimba de los espíritus, que contienen un portal de ritmos y aires como berejús, currulaos, jugas, pangos, alabaos, patacorés, torbellinos y bambucos viejos que han  cruzado mares develando el carácter  aurático del recóndito litoral en países como Rusia, Francia, Suiza, México, Ecuador y Estados Unidos.

Conjurar el nombre de Gualajo significa ineludiblemente convocar a un encuentro místico y espiritual con los sonidos exquisitos y sensuales de la marimba. Escuchar su música es  un acto resistencia cultural, es ser destinatario del pentagrama mágico de un artista humilde que convierte en música, las alegrías y las tribulaciones de su pueblo, en un universo sonoro embrujador, que ofrenda a toda Colombia como legado ancestral de un Pacífico digno, que a pesar de tantos años de exclusión, dibuja metáforas idílicas que nos remiten a las edades primigenias de comunión con la selva y el manglar.  Su carisma arrollador  y calidad interpretativa,  potencian los ecos de la  diáspora,  pues dan cuenta del ritual y la ceremonia de las músicas que habitan la vida y obra de Gualajo, donde son inherentes a su esencia: la palabra y la danza, y aquellos ritmos que simbolizan la memoria del cuerpo y el folklor de los pueblos del litoral, en su aporte a la construcción de la nación colombiana. Faltarían siempre las palabras, los homenajes,  los abrazos, y las canecas de Viche para agradecerle por el arsenal de sonidos que alegran el corazón de todos y que nos conectan con una vibración de libertad. Toca un bambuco viejo, Gualajo, carajo!