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Opinión

¿Cómo es la vida de un músico de crucero?

Es una imagen que tiene ‘cliché’ escrito por todos lados: El músico de bar que toca las mismas canciones una y otra vez y actúa como ruido de fondo a las conversaciones y tragos de los clientes. Encima del piano, hay un vaso en el que echan propinas para cuando alguien quiere pedir una canción en particular. A eso le sumamos la idea de hacerlo en alta mar y quedamos con un resultado en el cual se pueden enganchar bastantes imaginarios. ¿Cómo es, a fin de cuentas, la vida de un músico de crucero?

Por Julián Felipe Gutiérrez – @jackmulligan

Es fácil imaginarse a quienes toman un trabajo así, como músicos de más bien poca competencia que no tenían otra opción. Andrés Velilla, quien se encarga de hacer la selección y contratación para varias líneas de cruceros, me explica que, de hecho, es el caso contrario. De acuerdo a lo que me explica Velilla, un barco de crucero ofrece oportunidades esencialmente para dos clases de músicos: Los primeros son músicos de sesión con muy buena lectura de partituras, lo que les permite tocar en espectáculos y shows, mientras que la segunda clase son instrumentistas y bandas que actúen como ‘party bands’ con un repertorio que depende de cada línea de cruceros, pero va desde el Rock hasta el Country. Si bien se favorece la contratación de bandas ya constituidas (Lo que convierte a los cruceros en una especie de plataforma de giras), algunas líneas de cruceros incluso, llegan a contratar a los músicos individualmente para posteriormente agruparlos en bandas tras un breve periodo de acoplamiento; algunos dirán (No sin un atisbo de razón) que un modelo como ese es la máxima expresión de la música prefabricada: Un grupo de músicos seleccionados bajo quien sabe qué criterios para que toquen un repertorio, convertidos en la música de fondo del viaje de algunos jubilados, sin embargo, también puede resultar un experimento interesante en la manera en la que un grupo de músicos de distintos contextos terminan creando el lenguaje común que es el que les permite funcionar como una sola entidad.

Otro imaginario que siempre parece unirse a quienes trabajan en alta mar es el de la persona agobiada por las penas en tierra firme que no ve más opción que irse a bordo de un barco para, cuando menos, escapar de semejantes agobios y poner la vida en una especie de animación suspendida. Tomando en cuenta el perfil demográfico y las motivaciones de los músicos seleccionados, ese imaginario queda un poco controvertido. De acuerdo a lo que puede identificar Andrés Velilla en su experiencia seleccionando a dichos músicos, la posibilidad de emprender un viaje con relativa seguridad durante 4-6 meses (La duración estándar de los contratos), y el poder ahorrar una parte sustancial del ingreso son un atractivo para las personas en el rango de entre los 21 y los 35 años de edad, que es, de acuerdo a Velilla, el rango en el que se encuentran la mayoría de músicos a bordo de los cruceros. Además, se convierte en una excelente oportunidad de práctica y desarrollo profesional. Una banda que va a estar dedicada a tocar durante 4 o 6 meses inevitablemente va a desarrollar más experiencia y agarrará más cancha…

Eso, o van a terminar disolviéndose al llegar a tierra firme. Por otro lado, un músico dedicado a proveer el acompañamiento en un espectáculo verá como su lectura de partituras mejora, eso sí, cuidándose de no terminar memorizando la música, lo que tendría el efecto contrario en su desarrollo profesional.

Al conversar con Sandro Londoño, percusionista que trabajó en un crucero por Alaska, confirma varias de las percepciones dadas por Andrés Velilla con respecto a la vida del músico de crucero. Partiendo del punto que su expectativa inicial estaba “…Un poco cargada de poesía en mi imaginación”, la vida como músico de crucero le dio esa poesía que estaba buscando y, como bono, algo de filosofía al poder “…ver la vida abajo, un mundo paralelo, otra realidad: divertida, sufrida, y creativa”.

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En lo referente a su desarrollo musical, Londoño reconoce la posibilidad de compartir con músicos de otros países, que le permitieron apropiarse de recursos que no conocía, al mismo tiempo que la música que pudo conocer en los puertos donde atracó el crucero le dieron un insumo significativo a su inspiración. Por otro lado, el mismo Sandro reconoce que no todo fue tan positivo. Un ambiente cerrado y autocontenido siempre tendrá un efecto negativo sobre los procesos creativos; “Aquí en tierra tengo grupos con quienes creamos, experimentamos y nos presentamos en algún lugar… allí era un tipo de música con un repertorio establecido, no tenía compañeros con ánimo de explorar mucho”. Finalmente, también reconoce que la vida de músico de crucero no es para todo el mundo; “Para algún tipo de músicos lo recomendaría, para muchos otros no”.

Debido a la relación que muchos tenemos con la música que le da un carácter trascendental en la vida, en algunos casos resulta difícil imaginar que, para quienes la hacen, esto sea un trabajo como los que nosotros, comunes mortales tenemos y que estén en la necesidad de tomar las oportunidades que pudiesen llegar a surgir. Tendemos a ver músicos como los pianistas de bar o los músicos de crucero como poco más que rockolas humanas, y hasta pensamos en ellos como músicos menores por tener un trabajo así. Sin embargo, de la misma manera que los cruceros son mundos auto contenidos, hay toda una estructura alrededor de esa ocupación que hace que se pueda mirar con otra óptica, en parte oficio, en parte escuela de formación y en parte experiencia de vida… Con alguna canción, muy seguramente de Maroon 5 de fondo.

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