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Un virus selectivo

Un virus selectivo

Por Juan Jade /  www.juanjade.com / @juanjademusik

 

¡Don´t ask what you can do for your country

Ask what your country can do for you!

Take no prisoners (Megadeth)

 

Esto lejos de ser una diatriba en contra de mi país, es mi punto de vista expuesto desde lejos, como colombiano que en la actualidad y desde hace algunos años ya, pasa más tiempo afuera que adentro del territorio nacional, pero que mantiene una conexión obligatoria con su lugar natal pues allí viven los que ama y allí mantiene un lugar a donde llegar un par de veces al año. Un amor profundo me une a la tierra, a la familia, a los amigos, a los paisajes, a los sabores; pero a la vez un profundo desprecio por todo eso que llamamos idiosincrasia, que en el caso de Colombia no es más que un conjunto de costumbres arraigadas en su mayoría en una enorme ignorancia, en una filosofía de corrupción y saqueo y en la mal llamada malicia indígena.

Es muy difícil en este momento por el que atraviesa el mundo entero no mirar alrededor y envidiar la forma en que otras naciones afrontan esta compleja crisis, difícil es no desear por instantes haber nacido bajo otra bandera, pues las diferencias y desventajas son demasiado evidentes.

La paradoja de ser un país “pobre”, erigido sobre un territorio naturalmente rico es una verdadera desgracia, pero pienso que principalmente lo que hace a cualquier país ser catalogado como del tercer mundo, no es tanto su nivel de riqueza o la ausencia de ella, que en el caso que nos toca es bien discutible, si no el nivel de corrupción que mantiene a nivel gubernamental y social en general. A mí no me cabe la menor duda que Colombia sería una potencia mundial y un lugar increíble para vivir si sus habitantes no hubiesen permitido por tantos años el robo constante perpetuado por aquellos que han usado el poder para enriquecerse y dejar a la mayoría en un estado de miseria, un puñado de familias, que generación tras generación hasta el día de hoy se han encargado de que el poder no se salga de sus manos para así exprimir hasta la sequía, toda la riqueza natural y humana de este territorio de abundancia.

Saber que aquí, crisis como ésta que vivimos en la actualidad, son aprovechadas para el lucro personal de unos pocos, produce verdadero asco pues estos tiempos, aunque críticos para la mayoría de la sociedad, son tiempos de bonanza para otros, gracias a todo el dinero extra que fluye por billones, proveniente de ayudas humanitarias, donaciones y partidas presupuestales extraordinarias que se aprueban para paliar la emergencia, dineros que en su mayoría terminarán en los bolsillos de algunos pocos y no en los platos de los que no tienen qué comer, sin mencionar que el gobierno, en nuestro caso, se encargará de proteger ante todo los intereses y el bienestar de la banca por encima del de las familias, obligando a la gente a endeudarse hasta reventar. Se repite la historia una y otra vez, los subsidios para el agro quedan en las arcas de los empresarios mientras solo migajas llegan a las ajadas manos de los campesinos. Así que mientras en otros países el Estado se preocupa por brindarle una mano a todos los ciudadanos que han perdido su trabajo por la crisis de empleo para que puedan cubrir sus gastos básicos, en Colombia la jugada será sacar dinero de fondos ya bastante manoseados como la reserva pensional, para ponerlo a disposición, no de los ciudadanos de a pie, si no de los banqueros, para que así los individuos puedan acceder a créditos que les ayuden de momento a solventar la crisis, empeñando su vida aún más de lo que ya la tienen empeñada y de paso aprovechar el alboroto para expedir por debajo de cuerda uno que otro decreto de esos que afectan el bienestar no solo de esta generación si no de varias generaciones futuras.

En todo caso, no se trata de compararnos solamente con países del primer mundo, no hace falta irse a Australia o Europa; muy cerca, en El Salvador, un país que está lejos de ser una potencia mundial, se han adoptado medidas que en Colombia estamos a años luz de siquiera considerar. El Estado, como debería ser, se preocupa por que no falte la comida en las casas, si no pueden cubrir los pagos de renta por medio de subsidios se aseguran de que se lleguen a acuerdos entre arrendatarios y arrendadores considerando sus necesidades particulares; igual con el empleo, si no pueden brindar subsidios de desempleo a los individuos por lo menos apoyarán a las empresas para que puedan continuar pagando así sea parcialmente a sus empleados y en materia de salud, hacen todo lo posible por dotar los sistemas hospitalarios y asegurar que la población tenga acceso total a pruebas diagnóstico e incluso se aseguran de entregar tapabocas directamente a la población en los sistemas de transporte y en los puntos donde aún se moviliza personal. Entre tanto, nuestro presidente sale a hablar de aislamiento preventivo y de aplanamiento de la curva, haciéndonos creer que la situación está bajo control cuando sabe que no se han hecho pruebas ni en el uno por ciento de la población. Así son las cosas y qué se le va a hacer, vivimos en el país del “sálvese quien pueda”, de las buenas intenciones en el papel pero en la realidad, cero protección a los ciudadanos, los pañuelos rojos seguirán colgando en las ventanas de las casas, lo poco que el gobierno ha hecho ha sido porque no le queda más remedio, presionado por la excepcional gestión de unos pocos funcionarios honestos y aun así, como no podría ser de otra manera, el auxilio para los más pobres termina siendo otro escándalo de corrupción más. Lejos están de tomar medidas drásticas que garanticen efectivamente que los habitantes de esta nación no mueran a causa del virus o queden en la calle y que los que ya están en la calle, tengan al menos qué comer, atención médica y un lugar para pasar la noche. Los artistas y el gremio del entretenimiento podrán sentarse a esperar un salvavidas, se anuncia que no habrá vida social y nocturna por lo menos hasta el próximo año, pero no se ofrecen ayudas reales para estas personas que no podrán aguantar ni un par de meses más esta situación.

Eso sí, la coyuntura ha servido como nunca para dispersar la protesta social, cayó como anillo al dedo para acallar el asesinato sistemático de líderes sociales, la destrucción incesante de los preciados ecosistemas por medio de la explotación minera y petrolera, los escándalos de corrupción y narcotráfico en los que están involucrados los más altos poderes el estado, todo eso se borró como por arte de magia de la actualidad nacional.

Como escribí hace unos días, asqueado y molesto por las noticias que llegan desde mi país, donde aquellos que están encargados de entregar las ayudas están aprovechando para robar a manos llenas, desviando fondos, facturando con sobre costo mercados de auxilio, reclamando los paupérrimos bonos de ayuda con identificaciones falsas o de personas fallecidas, con la complicidad del Estado inepto y fallido que pone en evidencia el sistema fraudulento con el que también amaña las elecciones, lo que necesitaríamos sería un virus selectivo que identificara y atacara exclusivamente el ADN de los corruptos, de los desalmados que en medio de esta crisis buscan quedarse con el dinero de las ayudas que deberían llegar a aquellos cuya subsistencia en este momento depende totalmente de dichos auxilios, porque al fin de cuentas yo sí creo que a pesar de todos esos individuos que para mí no logran aplicar al apelativo de humanos, en nuestro país hay mucha gente bella de corazón, gente increíblemente talentosa, con un ingenio desmedido y una capacidad de trabajo y resistencia como nadie en el mundo, capaces de hacer de este lugar una verdadera nación y no el intento fallido que tenemos por república.

[Lee también El poder y la despoblación]

Tristemente también poco a poco vamos perdiendo nuestra capacidad de asombro y nada de lo que vemos a diario logra sorprendernos por más absurdo que parezca, a veces uno conserva una pizca de fe en que todo esto cambiará, que la sociedad mejorará y esa gente perversa de la que hablo dejará de ser tan ruin y miserable, pero la verdad, no es más que una utopía. También es pertinente decir que se podría estar aún peor si nos comparamos con otros países con mayores problemas que los nuestros, en todo caso, es consuelo de tontos.

Ya para cerrar, quizá uno de los aspectos que marcan la diferencia en un país de tercer mundo es qué tan acostumbrados están sus habitantes a convivir con la inseguridad y la violencia. La normalización de la muerte por todo tipo de violencias hacen que la retórica que busca restarle la debida importancia a esta epidemia tenga justificación en el hecho de que aparentemente no produce tantos muertos a la final. Es propio este pensamiento de países donde el pan de cada día es el asesinato de individuos por robarles un teléfono móvil o una bicicleta, o aún más grave, el asesinato sistemático de líderes políticos y sociales o el abuso sexual de mujeres y menores; no así en otros lugares del mundo donde la vida y la integridad sí tienen un verdadero valor y sucesos tan horrendos como los mencionados, serían causa de conmoción nacional.

En lugares así, pensar en la posibilidad de perder algunos cientos de vidas es algo demasiado doloroso y preocupante y se hará todo lo posible para evitarlo, para nosotros, tristemente, esos números dan risa porque equivalen a la cantidad de muertos por todo tipo de violencias en un par de días. El nivel de indolencia y de desprecio por la vida es asombroso y la aceptación de que ése es el curso natural de las cosas, que debemos vivir con miedo porque no hay otra manera, nos mantiene convencidos de que esta zozobra constante es una condición auténtica y sin remedio alguno. Ese pensamiento está perfectamente alineado con la estúpida creencia de inmensas mayorías que piensan que los gobernantes les hacen un favor a sus pueblos cuando velan por su bienestar, cuando en realidad, cualquiera en una posición de poder no es más que un administrador, un servidor público, que ya de por sí el término no podría ser más claro. Entonces cuando se reclama que todo Estado debería garantizar a su pueblo mínimamente el acceso a la educación y la salud “gratuita”, ese término gratuito, no aplica porque todo eso ya está cubierto a través de los altísimos impuestos que la ciudadanía paga por diversos medios y que funcionaría si unos pocos no se lo robaran todo. Decir que las personas que exigen estos derechos quieren todo regalado es avalar la corrupción enorme que por medio del saqueo le niega la oportunidad a toda una población a acceder a estos bienes primordiales en cualquier sociedad, bienes que ni siquiera tendrían por qué ser reclamados si no que deberían ser realmente considerados como básicos. Así debería ser, y así lo es, quizá en una realidad alternativa.

Soy colombiano, para bien o para mal, es lo que me tocó en suerte en esta experiencia que llamamos vida y aunque podría, de momento no pienso renunciar a ello, alguna razón cósmica existirá para que haya sido así y no de otra manera. Tengo también, por ejemplo, amigos neozelandeses que desearían haber nacido colombianos, la ironía de la vida, pero es que una vez se conoce es muy difícil no amar este pedazo de tierra que llamamos patria, lejos de nacionalismos vacíos yo reitero mi cariño hacia ella y por eso no puedo dejar de expresar el dolor que me causa y de momento, lo que creo que puedo hacer es hablar en voz alta, de todo esto que siento y pienso.

Manila, Abril 20 de 2020.